Faustino Zapico

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Esti artículu ye del 16 May 2008, y ta dientro de la sección La Voz de Asturias.

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Asturies 1808: momento constituyente

Sala Capitular de la Catedral d'UvieoSe cumple próximamente el doscientos aniversario de los acontecimientos de mayo de 1808 en Asturies y en España, acontecimientos que supusieron a corto plazo el inicio de la llamada Guerra de la Independencia (1808-14) y a largo plazo los primeros pasos de la revolución liberal-burguesa que acabaría derrumbando las instituciones del Antiguo Régimen.

Es evidente que la visión que tenemos en la mayoría de los casos de los sucesos de mayo de 1808 es la del pueblo de Madrid sublevándose un 2 de mayo y salvajemente reprimido en menos de 24 horas. La imagen de aquellos sucesos viene inevitablemente vinculada a los magistrales cuadros de Goya, y de hecho las celebraciones del aniversario, así como las abundantes publicaciones sobre el tema, se centran en esos hechos. Sin embargo, pasan totalmente desapercibidos, aún en la propia Asturies, los acontecimientos que tuvieron lugar en nuestra tierra. Y es que aquí también huvo un mayo de 1808.

Vale la pena repasar los hechos. El 9 de mayo de 1808 llegan a Asturies las primeras noticias de la sublevación y subsiguiente represión del 2 de mayo en Madrid. Ese mismo día estalla un motín popular en Uviéu encabezado por mujeres y estudiantes que lleva a la Junta General -quiso la feliz casualidad histórica que ese mes fuera su período de sesiones- a celebrar una reunión ampliada a otros sectores sociales -cabildo catedralicio, Universidad y gremios artesanos- que decidió no reconocer a otro rey que a Fernando VII e iniciar los preparativos bélicos. El 13 de mayo la mayoría de los diputados, que habían tomado la decisión de rebelarse bajo presión popular, dan marcha atrás y revocan los acuerdos por miedo a la reacción francesa. Una minoría de diputados, encabezada por el recién elegido Procurador General, Álvaro Flórez Estrada, inicia la conspiración. La noche del 24 al 25 de mayo los rebeldes, apoyados por los militares y obreros de la fábrica de armas, toman la Real Audiencia, representante del gobierno central, y obligan a su presidente a convocar una sesión extraordinaria de la Junta, convocando solamente a los quince diputados partidarios de la guerra. Al mismo tiempo, miles de campesinos armados provenientes de los concejos vecinos toman la capital. La mañana del 25 de mayo, la Junta General se proclamaba soberana, declaraba la guerra a Francia, nombraba embajadores en Inglaterra para solicitar ayuda militar e iniciaba la formación del Exército Defensivo Asturiano.

No puede sino sorprender la audacia de los dirigentes del levantamiento de 1808, que decidieron, en nombre de un país pequeño, marginal y desconocido fuera de la península, declarar la guerra a la gran potencia militar del momento, el imperio napoleónico. Llama la atención la gran capacidad de la Junta General para reinterpretarse a sí misma, aunando tradición y modernidad según le conviene: invocando su legitimidad propia del Antiguo Régimen para ponerse al frente de los destinos de Asturies, buscando el apoyo y el consenso de otros agentes sociales al ser consciente de su carácter cerrado y oligárquico, usando métodos subversivos y recurriendo a dar armas al pueblo para forzar el enfrentamiento con el invasor.

Lo que pasó en mayo de 1808 en Asturies fue una revolución: lo fue por sus métodos, subversivos aunque teñidos de legalismo, y lo fue porque a partir de ese momento nada volvió a ser igual: El Antiguo Régimen ya no pudo volver a ser restaurado en toda su pureza pese a los intentos de Fernando VII, y en menos de treinta años ya estaba finiquitado, incluyendo la propia Junta General, a caballo entre dos épocas y en el punto de mira tanto de los absolutistas, por su carácter representativo, como de los liberales, por su condición autónoma y específica asturiana.

1808 marca así, tanto en Asturies como en toda la península -qué pronto se olvida que en la guerra contra el francés participó también Portugal-, el inicio de la Edad Contemporánea, tanto por ser el principio del fin del Antiguo Régimen como por la irrupción en la acción política de las clases populares, anticipando así la era de las masas. Fue un auténtico momento constituyente, una de esas raras coyunturas en la historia de un pueblo en la que todo es posible, en la que no hay un final predeterminado a lo que en ese instante empieza. Podemos decir así que el pueblo asturiano entró en 1808 por la puerta grande la Historia, en un ejercicio de autodeterminación incontestable: el 25 de mayo Asturies se declaró soberana, no para constituir un estado independiente, sino para proclamar que no admitía el dominio francés y sí el de Fernando VII. Que el esfuerzo era digno de mejor causa es evidente, dadas las escasas virtudes del rey más cruel y miserable de la Historia española, pero no por ello hay que restar importancia al hecho en sí: mayo de 1808 supuso un proceso de autodeterminación colectiva basada en un profundo sentimiento identitario, ejemplificado en la creación de la bandera asturiana y en la propia denominación del Ejército. Contiene todos los elementos para reivindicar una identidad política asturiana de carácter cívico. Si debe haber un día de Asturies, entendido como jornada de celebración de la identidad colectiva, no hay duda que el 25 de mayo es mucho más propicio que el 8 de septiembre, que es estrictamente una festividad religiosa y no el de una batalla de Covadonga de la que desconocemos su fecha exacta.

Entre las muchas lecturas de mayo de 1808 está la hecha en clave nacionalista. El título de la exposición patrocinada por la Comunidad de Madrid es muy explícito en este sentido: Un pueblo, una nación. Con esta línea argumental se pretende demostrar cómo la identidad nacional española fue el elemento unificador de ese pueblo sublevado contra la invasión extranjera. La realidad, como casi siempre, es menos rotunda. La identidad nacionalista española existe en ese momento en la elite dirigente, como así va a demostrar a lo largo de todo el conflicto, pero a la hora de movilizar a las masas populares las referencias ideológicas son otras: el rey, la fe católica y la identidad colectiva más cercana, mucho más operativa para una población analfabeta que una España abstracta que sólo estaba en la cabeza de la clase dirigente. Los líderes de la sublevación de mayo de 1808 son nacionalistas españoles, qué duda cabe, pero el pueblo al que se dirigen lo movilizan con referencias a Asturies, la monarquía y la iglesia. De ahí la invención de la bandera asturiana, de ahí la declaración de soberanía únicamente sobre el territorio del Principado, de ahí la denominación del ejército, de ahí las referencias constantes a la Constitución histórica asturiana de los dirigentes de la Junta cuando se ven atropellados por los representantes de la Junta Central.

Resulta curioso que Asturies entrara en la época contemporánea dueña de su destino y que décadas después quedara subsumida en el Estado centralista y uniformizador que construyó el liberalismo moderado, como también resulta llamativo que el mayo asturiano fuera posteriormente incluido en la tradición historiográfica nacionalista española como un episodio más del papel adjudicado a Asturies en el supuesto devenir histórico de esa España preexistente desde Tartessos: el de la fiera dormida, el de la comunidad eternamente insumisa, siempre dispuesta a levantarse en solitario para defender la patria amenazada: como contra los romanos, como contra los árabes. Que ese discurso historiográfico sea cualquier cosa menos serio no quita para que fuera funcional tanto dentro como fuera de Asturies: fuera, porque daba los inevitables episodios épicos que toda historia nacionalista que se precie debe tener; dentro, porque resultaba muy funcional a la elite asturiana, que podía presentarse como la más española entre las españolas. Ese discurso, popularizado a través de los manuales escolares y de los medios de comunicación, cuajó con tremenda fuerza entre la población asturiana, y se resume en la célebre sentencia Asturias es España y lo demás tierra conquistada. Mala cosa cuando tenemos que consolarnos por el negro presente con un supuesto pasado glorioso.

Este doscientos aniversario es una buena ocasión para recordar cómo era la Asturies de 1808, como también lo es para ser consciente de lo que es capaz un pueblo cuando está unido en pos de un objetivo común. Fuera por Asturies, por España, por el rey o por la fe, hace dos siglos empezó en solitario una guerra contra la gran potencia del momento. ¿No es eso digno de recuerdo y admiración?

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