Faustino Zapico

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Esti artículu ye del 17 Feb 2003, y ta dientro de la sección La Nueva España.

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A 130 años de Pi y La Federal

Este 11 de febrero se cumplieron 130 años de la proclamación de la primera y brevísima República Española, La Federal, que supuso la culminación lógica del proceso democrático abierto con la revolución de 1868. Al contrario de la II República, que es motivo constante de conmemoración o vituperio, la experiencia de la Primera pasa desapercibida por la práctica totalidad del mapa político, cuestión que no es simplemente achacable a la mayor lejanía cronológica o a la evidente falta de supervivientes de aquellos días. Nuestra izquierda oficial prefiere muchas veces mirar con nostalgia para la II República olvidando una experiencia de la que todavía hoy se pueden extraer provechosas lecciones.

Fue La Federal breve e intensa. Cuatro presidentes en once meses, una Constitución que no llegó a entrar en vigor y dos guerras civiles simultáneas, a izquierda y derecha del régimen. Después, golpe militar, un año de dictadura, nuevo golpe y restauración de la monarquía, experiencia que -esta sí- es ahora revisada y maquillada por numerosos historiadores afines al poder y conscientes de que hay que quitar la mala -y merecida- mala prensa de un régimen que tanto se parece al actual.

La I República fracasó porque el partido que la dirigió, el Republicano Federal, era de reciente creación, estaba atravesado por numerosos conflictos internos y no era mayoritario -pese a su evidente carácter de masas- en la sociedad a la que pretendía representar. Se suele aducir que los federales tuvieron el poder cuando no tenían su programa perfilado y que cuando ya tenían programa no tenían el poder. Aunque exagerada, es una afirmación bastante cierta. Aun así, queda para la Historia una Constitución non nata que supuso uno de los experimentos radical-democráticos más avanzados del continente, y que pretendía la reconversión del Reino de España en una federación de diecisiete estados libres e iguales en derechos, cosa muy distinta del actual modelo neoforalista y asimétrico, fuente de desigualdades y agravios entre los diferentes pueblos del estado.

En la experiencia de La Federal y su posterior estela cobra especial relieve la figura de Francisco Pi y Margall, que fuera ministro y Presidente del ejecutivo, así como dirigente máximo del republicanismo federal en los años oscuros de la restauración. Fue sin duda el principal teórico de la izquierda española, tanto en su época como en la actualidad, siendo hoy injustamente desconocido tanto para el gran público como para los sectores más politizados. Hombre de una erudición vastísima y de una honradez probada, rasgos estos muy comunes entre los dirigentes republicanos, merece ser especialmente recordado y respetado en Asturies por ser el primer y único político español que reconoció y valoró a nuestro pueblo como uno más en igualdad plena con las demás nacionalidades del estado. Ahí está su ingente obra escrita, como Las nacionalidades y Las luchas de nuestros días, donde pone a la lengua y a la historia asturiana al mismo nivel que el de su Cataluña natal y demás “nacionalidades históricas”.

Su radical defensa del federalismo de libre adhesión hizo de Pi uno de los primeros políticos europeos en defender el derecho de autodeterminación, antes incluso de que fuera formulado con ese término. Su reformismo social, tachado de tibio y burgués por el PSOE de la época, deja hoy muy a la derecha las políticas de Tercera Vía a las que son tan adictos los actuales representantes de esas siglas históricas. Su pacifismo y su antiimperialismo, que le llevó a ser junto con Pablo Iglesias el único dirigente político en oponerse a la estúpida e inútil guerra de Cuba, cobra especial relieve cuando asistimos al vergonzoso espectáculo de ver al jefe del gobierno español haciendo de palanganero del belicismo norteamericano.

Los republicanos federales, los seguidores de Pi y Margall, tuvieron un importante peso en la política asturiana hasta los años de la guerra civil. Hoy no queda de ellos ni el recuerdo, porque los partidos que hegemonizan la izquierda oficial practican un sucursalismo que contrasta demasiado con aquellos que, con toda justicia, podemos llamar la primera izquierda asturianista, defensora del derecho de los asturianos a decidir por sí mismos.

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