Faustino Zapico

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Esti artículu ye del 16 May 2002, y ta dientro de la sección El Comercio, La Nueva España.

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25 de mayo, Día de Asturies

La Xunta Xeneral d'Asturies declárase soberana, 25 de mayo de 1808Merece público elogio la iniciativa de un amplio colectivo de personas y organizaciones sociales vinculadas al mundo de la cultura asturiana que pretenden celebrar el próximo sábado, 25 de mayo, una serie de actos conmemorativos de la declaración de soberanía por parte de la Junta General del Principado, allá por 1808, en plena invasión napoleónica. Esta loable empresa contrasta, además, con el desinterés y la desidia que la clase política asturiana viene demostrando hacia esta fecha, que merecería el título de Día de Asturies con mucha más razón que la festividad religiosa del 8 de septiembre, día en que se exalta la figura de la Virgen de Covadonga y no el aniversario de una batalla cuya fecha exacta ignoramos.

¿Qué hay que celebrar el 25 de mayo? Pues el nacimiento, ni más ni menos, que del pensamiento y la praxis democrática en nuestro país, Asturies, con todas sus imperfecciones y deficiencias, pero también con toda su grandeza. Bien es cierto que aquella Junta General existente en la Asturies de 1808 era un órgano oligárquico, que no representaba a todos los conceyos asturianos. Tampoco se puede negar que sus competencias eran bastante limitadas, aunque superiores a casi todos los restantes reinos y señoríos de la corona castellana, con excepción de los territorios vascos. Sin embargo, lo importante de esa Junta General no era lo que representaba hasta ese momento, sino lo que libremente decidió ser aquella mañana de mayo. Un país pequeño, aislado geográfica y económicamente, ante el vacío de poder generado por la renuncia a la corona de Fernando VII y la entronización de José Bonaparte, decide, a través de su única institución de autogobierno, declararse soberana, formar el Exército Defensivo Asturiano y enviar embajadores al Reino Unido a concertar una alianza militar contra la Francia napoleónica. En esta ocasión, el grandonismo de los dirigentes asturianos fue, más que palabrería hueca, actos rápidos y eficaces, cosa muy poco frecuente en nuestros preclaros legisladores de hoy.

No puede dejar de asombrarnos la eficacia, decisión y modernidad de esa institución medieval que, sin dudarlo, supo estar a la altura de lo que la situación requería: funcionando como un órgano legislativo y ejecutivo al mismo tiempo, que instituyó sus propios tribunales y sus propias fuerzas armadas, financiadas con contribuciones especiales a los sectores más pudientes de la sociedad asturiana. Entre los protagonistas del mayo asturiano, destaca como ninguno Álvaro Flórez Estrada, elegido Procurador General de Asturies, que dirigió el esfuerzo de guerra de nuestro pequeño país. Hombre ilustrado y de ideas avanzadas, una de sus primeras medidas al frente del gobierno asturiano fue proponer la libertad de imprenta, que sería rechazada por los sectores más conservadores de la Junta.

Que nadie piense que la sublevación de mayo fue cosa de cuatro aventaos, puesto que el apoyo popular a las decisiones de la Junta está sobradamente documentado. La prueba más evidente sería la voluntaria contribución de sangre de los miles de paisanos, generalmente de las clases populares, que acudieron a alistarse en el mencionado Exército Defensivo Asturiano.

Un hecho tan importante como poco conocido de este levantamiento de 1808 es que fue el origen de la actual bandera asturiana, la azul con la cruz de la victoria, que muchos creen un invento reciente del proceso autonómico. ¿Por qué la Junta General decidió crear una bandera para Asturies, pese a que se sublevaba en nombre del que consideraba legítimo Rey de las Españas? Pues precisamente porque no existía una bandera española, ya que la actual enseña del Estado, creada a finales del XVIII, tenía por aquel entonces un uso estrictamente militar. Este dato debería hacer pensar a esos defensores de las esencias celtibéricas que retrotraen la idea nacional española a los tiempos de los reyes godos.

En conclusión, podemos decir, sin temor forzar los márgenes admisibles de la interpretación histórica, que el 25 de mayo de 1808 celebramos el primer acto de autodeterminación de Asturies en la época contemporánea. Así de simple y así de claro. Un pueblo que asumió su soberanía, articulada a través de una institución tradicional convenientemente reinterpretada y reestructurada, que decidió ser único amo de su futuro colectivo. Que tan digno empeño fuera merecedor de mejor causa es indiscutible. Que Fernando VII fue un tirano cruel y estúpido que, entre sus primeras medidas, tomó la de suprimir esa Junta General que tánto había hecho por él, es un dato difícilmente rebatible. El propio Flórez Estrada, monárquico fernandino en 1808, acabaría años después convertido en un demócrata defensor del reparto de la tierra entre los campesinos. Por desgracia, el pueblo asturiano tiene una larga experiencia en dar lo mejor de sí mismo para favorecer intereses que raramente coinciden con los de este país nuestro. Seguimos teniéndola hoy en día.

¿Cómo es posible tanta desidia, tanto desinterés en nuestra clase política hacia esta fecha tan memorable? ¿Qué menos que una celebración oficial y un público homenaje a los protagonistas de 1808 y a las virtudes cívicas que representan? ¿Será que les asusta el trasfondo soberanista y democrático del 25 de mayo? ¿Será que están demasiado a gusto con sus instituciones de cartón piedra y su Estatuto otorgado? ¿Será sólo simple ignorancia de la Historia del pueblo al que dicen representar? Donde fallan los políticos, es deber de la sociedad civil actuar. Que este sábado 25 sea motivo de orgullo para la ciudadanía y de vergüenza para ellos.

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